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8M y medio ambiente: el papel central de las mujeres en el cuidado del territorio, el agua y la biodiversidad.

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    GCDS
  • hace 5 días
  • 7 Min. de lectura
8M y medio ambiente: el papel central de las mujeres en el cuidado del territorio, el agua y la biodiversidad.

I. 8 de marzo: derechos, igualdad y también medio ambiente


La presente entrega es un reconocimiento a las mujeres que, desde muchos frentes, protegen y cuidan el ambiente, aunque casi nunca aparezcan en los discursos oficiales.

 

Al mismo tiempo, el 8 de marzo se ha consolidado como una fecha de conmemoración de las luchas de las mujeres por la igualdad, el trabajo digno, la participación política y la vida libre de violencia.

 

Es una oportunidad para hacer visibles las contribuciones cotidianas, en muchas ocasiones invisibles, de millones de mujeres que cuidan el territorio, el agua y la biodiversidad desde sus hogares, comunidades, espacios de trabajo y organizaciones.

 

No es un “día de la felicitación”, sino un recordatorio incómodo de todo lo que falta para que esos derechos, incluida la posibilidad de vivir en un entorno sano, sean una realidad cotidiana.

 

Desde hace por lo menos tres décadas, organismos internacionales y redes de la sociedad civil han mostrado que la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la degradación de ecosistemas no son neutras desde el punto de vista de género.

 

Las mujeres, especialmente las que viven en zonas rurales, costeras o periurbanas, suelen cargar con una parte desproporcionada de los costos ambientales, esto es, dedican más tiempo a acarrear agua, buscar leña, cuidar personas enfermas o responder a desastres; al mismo tiempo, están en la primera línea de respuesta, generando soluciones locales para adaptarse al cambio climático, mejorar el manejo del agua, reducir residuos o defender territorios amenazados.

 

Desde esa perspectiva, 8M también puede leerse como una invitación a reconocer y fortalecer el papel de las mujeres en el cuidado del territorio, el agua y la biodiversidad, no solo como “víctimas” de la crisis ambiental, sino como sujetas de derechos, actoras clave de política pública y protagonistas de muchas de las iniciativas más innovadoras en materia de sostenibilidad.

 

II. El cuidado del ambiente empieza en lo cotidiano… y muchas veces tiene rostro de mujer


En buena parte del mundo, la relación de las mujeres con el ambiente comienza por la puerta de su casa, su barrio o su comunidad, cuando hay escasez de agua, cuando los bosques se degradan o cuando se multiplican los basureros a cielo abierto, el impacto se traduce de inmediato en más horas de trabajo, menos tiempo para educación o ingresos y mayor exposición a riesgos sanitarios.

 

Al mismo tiempo, ese vínculo cotidiano genera un conocimiento fino de los ecosistemas y los recursos locales, esto es el saber cuándo la fuente de agua cambió de sabor o de caudal, dónde resisten mejor ciertas variedades de cultivo, qué plantas sirven para alimentación o medicina, cómo se comporta el clima en cada estación. Este conocimiento, que rara vez aparece en los diagnósticos técnicos, es fundamental para diseñar políticas de agua, manejo de cuencas, agricultura sostenible, restauración de suelos o gestión de residuos que realmente funcionen en el terreno.

 

En muchos municipios, justamente los grupos de mujeres son quienes organizan comités de agua, cooperativas de producción, campañas de recolección y separación de residuos, brigadas de reforestación o iniciativas de consumo responsable. Sin embargo, esas mismas mujeres suelen tener poca voz en los espacios formales donde se toman decisiones sobre concesiones de agua, obras de infraestructura, planes de desarrollo urbano o autorizaciones ambientales; en realidad,  reconocer su papel implica no sólo agradecer el “cuidado” que realizan, sino abrirles espacio real en órganos de gobierno, consejos consultivos y procesos de planeación.

 

III. Mujeres como agentes de cambio climático y ambiental


Hay un consenso creciente en el sentido de que cuando las mujeres participan de manera significativa en la toma de decisiones, las políticas ambientales y climáticas tienden a ser más ambiciosas y a incorporar mejor las necesidades de las comunidades.

 

Informes del sistema de Naciones Unidas han subrayado que la igualdad de género no es solo un objetivo en sí mismo, sino una condición para enfrentar de manera eficaz la crisis climática y avanzar hacia el desarrollo sostenible. Países con mayor representación femenina en parlamentos y gabinetes, así como empresas con más mujeres en consejos de administración, muestran con frecuencia políticas ambientales y climáticas más estrictas y mejor implementadas.

 

Las mujeres también han sido protagonistas en la ciencia y la innovación ambiental, desde la conservación de bosques y la gestión comunitaria del agua hasta la economía circular, la energía renovable y la adaptación al cambio climático. En múltiples regiones se han documentado programas liderados por mujeres para diversificar cultivos, restaurar manglares, proteger polinizadores, reducir el uso de agroquímicos o introducir tecnologías eficientes de cocción que disminuyen emisiones y mejoran la salud.

 

No obstante todo lo que se ha mencionado, persisten brechas importantes, esto es, las mujeres siguen subrepresentadas en carreras STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics), vinculadas a ambiente y clima, enfrentan techos de cristal en instituciones ambientales y muchas veces participan en proyectos de conservación sin recibir reconocimiento ni remuneración proporcional a su contribución.

 

El incorporar perspectiva de género en la política ambiental significa, entre otras cosas, garantizar acceso equitativo a educación ambiental, financiamiento, tecnología y espacios de liderazgo, de modo que las soluciones no sean diseñadas sólo “para” ellas, sino también “por” ellas.

 

IV. México: mujeres defensoras del territorio y del ambiente


En México, la relación entre mujeres y medio ambiente tiene una dimensión particularmente compleja; por un lado, hay cientos de experiencias de mujeres indígenas, campesinas, urbanas y afrodescendientes que impulsan proyectos de conservación de bosques, manejo comunitario del agua, producción agroecológica, turismo de naturaleza o educación ambiental, por otro, las mujeres que defienden el territorio, el agua y la biodiversidad enfrentan niveles preocupantes de violencia, criminalización y estigmatización.

 

Organismos internacionales y organizaciones civiles han advertido que México ocupa los primeros lugares en agresiones contra personas defensoras del medio ambiente y del territorio, y que un número significativo de esas agresiones se dirige contra mujeres, muchas de las cuales encaran amenazas por oponerse a proyectos extractivos, obras de infraestructura sin consulta previa, tala ilegal, contaminación del agua o actividades del crimen organizado; con frecuencia viven en contextos donde confluyen pobreza, desigualdad de género y debilidad del Estado de derecho.

 

El peso que tienen las mujeres en la defensa del ambiente no se limita a los casos más visibles, esto es, en comunidades rurales son frecuentemente ellas quienes encabezan la resistencia a la contaminación de fuentes de agua, la presión por mejorar servicios de saneamiento, la denuncia de tiraderos clandestinos o la exigencia de remediación de sitios contaminados.

 

En zonas urbanas, muchas lideran colectivos que impulsan movilidad sostenible, áreas verdes, huertos urbanos, manejo de residuos y vigilancia de la calidad del aire; viéndolo de manera general, todas estas acciones son, en los hechos, aportes concretos a la protección del clima, la biodiversidad y los derechos humanos, aunque pocas veces reciben el nombre de “política ambiental”.

 

A pesar de ello, los marcos de protección a personas defensoras, incluido el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas y las obligaciones derivadas del Acuerdo de Escazú, no siempre se implementan con la rapidez y la sensibilidad de género que la situación exige; de manera lamentable, es una realidad que muchas mujeres defensoras siguen enfrentando agresiones sin acceso efectivo a protección, justicia ni reparación, lo que envía una señal preocupante sobre la prioridad real que el Estado otorga a la defensa del ambiente y del territorio cuando la encabezan ellas.

 

V. Lo que debería cambiar: Estado, instituciones y nosotras/os


Reconocer el papel central de las mujeres en el cuidado del territorio, el agua y la biodiversidad implica más que aplaudir historias inspiradoras el 8 de marzo. Supone revisar críticamente cómo están diseñadas y operan nuestras políticas ambientales, climáticas y de desarrollo, y qué lugar conceden, o niegan a las mujeres en cada eslabón de la cadena.

 

Algunas líneas mínimas de acción podrían ser:

  1. Integrar de manera sistemática la perspectiva de género en planes de cambio climático, agua, bosques, biodiversidad y economía circular, asegurando que las políticas reconozcan los roles diferenciados de mujeres y hombres, así como los impactos específicos que ellas enfrentan.

  2. Asegurar la participación efectiva de las mujeres en órganos de decisión como podrían ser comités de cuenca, consejos consultivos, órganos de administración de áreas naturales protegidas, juntas de gobierno de organismos operadores de agua, consejos de desarrollo urbano, etcétera.

  3. Fortalecer los mecanismos de protección y reconocimiento de mujeres defensoras del territorio y del ambiente, con medidas específicas que consideren los riesgos diferenciados que enfrentan y la importancia de su trabajo para los derechos humanos y la sostenibilidad.

  4. Crear y expandir programas de financiamiento, capacitación y acompañamiento técnico para proyectos ambientales liderados por mujeres, tanto en contextos rurales como urbanos, de manera que su trabajo no dependa solo de voluntarismo o esfuerzos aislados.

 

Desde el ámbito profesional y comunitario, también hay mucho que hacer: revisar quién está sentado en la mesa cuando se discute un proyecto ambiental, a quién se invita a hablar en foros y seminarios, cómo se distribuyen oportunidades, becas, consultorías y reconocimientos. Incluir la voz de las mujeres no es solo una cuestión de “equilibrio”, sino de calidad de las decisiones ambientales que tomamos como sociedad.

 

En este 8M, reconocer a las mujeres en el campo ambiental es reconocer que buena parte del territorio, del agua y de la biodiversidad que aún conservamos está viva gracias a su trabajo silencioso y a su resistencia cotidiana, de igual forma, se trata de un recordatorio de que ninguna agenda de sostenibilidad será completa si sigue descansando en cuerpos y tiempos femeninos sin ofrecer a cambio derechos plenos, condiciones de seguridad y espacios reales de poder; solo cuando las mujeres estén en el centro de estas decisiones podremos hablar de una agenda ambiental verdaderamente justa y sostenible.



Esperando que el presente sea de utilidad sin que represente una respuesta a consulta o pregunta alguna, con gusto quedamos atentos a la mejor consideración.

 



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