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México y el Mundial: fiesta de 20 días, huella de décadas.

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    GCDS
  • hace 2 días
  • 12 Min. de lectura
México y el Mundial: fiesta de 20 días, huella de décadas.

Hay países que recuerdan sus mundiales por los goles; México, si quisiera ver con calma el espejo, tendría que recordarlos también por las obras, por el agua, por el aire y por la basura que dejarán.

 

En 1970 y 1986 el país se vendió al mundo como anfitrión alegre y moderno, ahora en 2026 se repite la escena, con un detalle que parece menor, pero no lo es: hoy sabemos mucho mejor cuánto cuesta, en términos ambientales, organizar una fiesta deportiva de este tamaño. La pregunta es si queremos verlo o preferimos repetir la tradición de celebrar primero y preguntarnos después.

 

Ningún otro país ha recibido tres mundiales de futbol, se podría decir que eso se vende como prueba de capacidad y experiencia; podría verse también como una invitación a revisar qué aprendimos, bueno, si es que aprendimos algo, de los dos anteriores. Esta vez, además, México llega al Mundial con un discurso oficial de emergencia climática, derecho humano al agua y transición ecológica. Organizar “una parte del Mundial” en este contexto no es sólo un honor deportivo: es un examen de coherencia.

 

Desde luego, esta entrega no pretende arruinar el Mundial, la idea es diversa: aprovechando que México será, por tercera vez, sede mundialista, poner sobre la mesa lo que casi nunca se discute a tiempo, esto es, qué significa, para un país y para ciudades como Ciudad de México y Guadalajara, tan solo como puntos de referencia, recibir en unos cuantos días a cientos de miles de personas que vuelan, se mueven, comen, beben, generan residuos, ocupan agua y energía, todo alrededor de un puñado de partidos de fútbol, y qué hemos aprendido, o no, ya cada quien tendrá su personal punto de vista, de los mundiales de 1970 y 1986.

 

I. Memoria corta, impactos largos

Para los que tuvimos la suerte de vivirlos, en el imaginario colectivo, México 70 es Pelé levantando la copa, el Estadio Azteca lleno, la “corona” de concreto como símbolo de modernidad latinoamericana. México 86 es la Mano de Dios, la chilena de Negrete, un país que se repone “heroicamente” de un terremoto y vuelve a abrir las puertas al mundo.

 

En esos relatos no hay una línea sobre acuíferos, sobre basura, sobre aire, sobre expansión urbana. Es comprensible: en su momento, la prioridad era otra y el vocabulario ambiental era incipiente.

 

Detrás de esa épica hubo obras muy concretas: estadios nuevos y remodelados, ampliación de vialidades, pasos a desnivel, estacionamientos, transporte orientado al automóvil, urbanización acelerada de áreas periurbanas; pareciera ser que muchas de esas decisiones se justificaron, ya sea de manera explícita o implícita, en nombre del Mundial.

 

Pocas veces se preguntó qué implicaban para la infiltración de agua, para la calidad del aire o para la capacidad de drenaje de las ciudades.

 

Casi seis décadas después del primer Mundial y cuatro del segundo, lo que sí tenemos son las huellas: estadios que han requerido años de mantenimiento y rehabilitación; zonas de la Ciudad de México y de Guadalajara que se consolidaron como corredores viales y comerciales alrededor de esos recintos; capas y capas de concreto que impermeabilizaron suelos que antes podían absorber agua y claro, decisiones urbanas y de transporte que se tomaron pensando en el partido del domingo, no necesariamente en el ciclo hidrológico de las siguientes décadas.

 

Nadie hizo, ni se le pidió ni se consideró, un balance ambiental de aquellos mundiales; digamos, no se midieron las emisiones, no se habló del agua, no había estándares de gestión de residuos como los que hoy se presume en cualquier manual corporativo. Pero eso no significa que el impacto no existiera, pero sin duda significó que simplemente lo cargaran las ciudades y los ecosistemas, sin que la narrativa deportiva lo registrara.

 

El tema, por no decir, el problema es que, en 2026, ya no tenemos ese pretexto.

 

II. CDMX y Guadalajara: sedes viejas en un mundo nuevo

En 1970 y 1986, Ciudad de México fue “la” sede: el Azteca, hoy rebautizado con nombre Estadio Banorte, era el templo del fútbol global y el símbolo de un país que quería mostrarse moderno.

 

Guadalajara fue la otra gran sede, con su propio estadio y relato de modernización local. Hoy, ambos espacios se colocan otra vez en el mapa, pero en un contexto radicalmente distinto: crisis climática reconocida, estrés hídrico documentado, ciudades con calidad del aire crónicamente mala y sistemas de residuos que ya lidian con volúmenes que no logran manejar bien en tiempos normales.

 

El Estadio Banorte (Azteca) no está en un vacío, se encuentra en una ciudad que extrae agua subterránea de manera excesiva, que se hunde, que importa agua de cuencas vecinas y que al mismo tiempo requiere millones de metros cúbicos para mantener parques, jardines, campos deportivos y, por supuesto, el césped perfecto que exige la FIFA.

 

Basta recordar los episodios de tandeos, las discusiones sobre cortes programados y las advertencias recurrentes de especialistas sobre la vulnerabilidad del sistema hídrico de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.

 

Guadalajara no está muy lejos de ese guion, su Zona Metropolitana se ha expandido rápidamente, con fraccionamientos, corredores comerciales y parques industriales que presionan sus fuentes de agua y su infraestructura de drenaje y los debates en torno a presas, acueductos y proyectos de abastecimiento, así como las tensiones con comunidades aguas arriba, muestran que la ciudad tampoco tiene resuelto su futuro hídrico, parecería ser que el insertar un megaevento deportivo en ese contexto no es simplemente “un partido más”.

 

Cuando se dice que México será sede “solo de algunos partidos”, suele usarse como argumento para minimizar el impacto: “no es como en 1970 o 86, ahora es compartido”, sin duda, es una media verdad, esto es, el Mundial 2026 está fragmentado entre países y ciudades, pero el flujo de personas, vuelos y consumo no se reduce proporcionalmente, lejos de eso, simplemente se reparte. Y en ese reparto, Ciudad de México y Guadalajara (desde luego, Nuevo León es parte de esa fragmentación, pero con intención no se menciona lo que estará sucediendo en esa Entidad) asumirán, de nuevo, una parte significativa de la carga.

 

III. Un Mundial repartido, una huella concentrada

El Mundial 2026 inaugura un modelo peculiar: no hay un solo país anfitrión sino una especie de red de sedes repartidas entre Estados Unidos, Canadá y México. Sobre el papel, eso suena a cooperación y a “evento regional”.

 

Viéndolo desde una óptica simple y pragmática, implica algo bastante concreto: más vuelos internacionales, más desplazamientos internos, más tramos aéreos de mediana distancia para equipos, delegaciones, patrocinadores, funcionarios y aficionados.

 

El formato múlteseles se presentó como una forma de repartir beneficios e inversiones; el costo oculto es la multiplicación de trayectos aéreos entre sedes que, en muchos casos, están a cientos o miles de kilómetros de distancia. Diversos análisis internacionales ya han advertido que el Mundial 2026 podría ser uno de los más intensivos en emisiones de CO₂ en la historia, precisamente por esa dependencia del transporte aéreo y la fragmentación geográfica del torneo.

 

Cada partido en el Estadio Banorte (Azteca) o en Guadalajara significa no sólo el movimiento de los equipos y sus cuerpos técnicos, sino de miles de personas que vienen de fuera, en algunos casos, directamente desde otros continentes; otros, desde otras ciudades sede del mismo Mundial.

 

El fútbol se transmite en televisión como si todo ocurriera en un solo escenario; la huella climática, en cambio, se construye en capas: vuelos transatlánticos, vuelos regionales, vuelos internos, transfers en autobuses y autos, operación de estadios, fan zones, hoteles, centros de entrenamiento, hospitales y toda la logística que no sale en la pantalla.

 

No hace falta un inventario de emisiones al detalle para entender el orden de magnitud. Un solo vuelo lleno de aficionados puede emitir más CO₂ que muchas colonias enteras en semanas. Multiplicado por días de evento, por partidos, por doble sede mexicana, la contribución climática del Mundial no es un pie de página, aun así, la conversación pública en México rara vez menciona estos números cuando se habla de “beneficios económicos” y “proyección internacional”.

 

IV. Hoteles, estadios y fan zones: el consumo que no se ve

Más allá de los aviones, la fiesta mundialista se sostiene en infraestructura que se alimenta todos los días de agua y energía.

 

En Ciudad de México y Guadalajara, los hoteles de cadenas internacionales ya empiezan a ajustar tarifas para las fechas del Mundial lo que significa ocupaciones altísimas, uso intensivo de aire acondicionado, lavandería funcionando casi 24/7, albercas llenas, cocinas operando en doble turno, iluminación completa; cada habitación ocupada es agua caliente en la regadera, ropa de cama que se lava con frecuencia, jabones, detergentes y residuos de envases y “amenities”.

 

Los estadios y la “fan zones” añaden otra capa, esto es, iluminación de alta potencia, pantallas gigantes, equipos de sonido, sistemas de seguridad, puntos de venta de alimentos y bebidas, sanitarios para miles de personas; por su parte, cada partido implica también toneladas de residuos: vasos, botellas, envases, envolturas, comida no consumida y detrás de las cámaras, centros de datos, unidades móviles de transmisión y equipos de broadcast consumen energía de forma constante para llevar la señal a todo el mundo.

 

Se puede diseñar un buen sistema de separación, se pueden colocar contenedores de colores, se pueden firmar convenios con recicladores, pero en la realidad, al final del día, alguien tiene que recoger, transportar, tratar y disponer todos esos residuos en ciudades que ya tienen rellenos sanitarios bajo presión y, en algunos casos, tiraderos a cielo abierto; por su parte dentro de esa cadena, los recicladores y los vinculados a ellos, que ya sostienen buena parte de la tasa real de reciclaje en la práctica, suelen ser los últimos en ser considerados y los primeros en cargar con las externalidades del evento.

 

Un estadio texano en el espejo

La comparación con algunas sedes de Estados Unidos ayuda a dimensionar el contexto regional; digamos el AT&T Stadium, en Arlington, Texas, rebautizado como “Dallas Stadium”, puede albergar alrededor de 80,000 espectadores en su configuración habitual y expandirse hasta cerca de 94,000 para eventos de gran magnitud, lo que lo convierte en uno de los recintos más grandes del Mundial. Será sede de nueve partidos, incluidos encuentros de fases eliminatorias y una semifinal.

 

Frente a ese perfil, el Estadio Banorte (Azteca) sigue siendo el estadio más emblemático de Latinoamérica y el símbolo histórico de los mundiales mexicanos, mientras que el estadio de Guadalajara representa una generación más reciente de infraestructura, inaugurado con un diseño que integra un “volcán” verde en su entorno y una inversión de varios cientos de millones de dólares. Más allá de la competencia arquitectónica, el contraste abre una pregunta relevante: ¿hasta qué punto los criterios de eficiencia hídrica, energética y de gestión de residuos son comparables entre sedes, y qué exigencias mínimas debería plantear México para no quedar rezagado en este terreno?

 

V. Agua: canchas perfectas, ciudades imperfectas

El fútbol de élite exige canchas que son, en términos agronómicos, casi piezas de relojería, lo que significa ser uniformes, densas, elásticas, con drenajes eficientes y capacidad de recuperar apariencia entre partido y partido. Detrás de esa alfombra perfecta hay un insumo no negociable: agua. Agua para riego frecuente, en algunos casos diario o varias veces por semana, agua para aplicar fertilizantes y tratamientos, agua para mantener en condiciones los campos de entrenamiento alternos donde practican las selecciones.

 

En la Ciudad de México, pensar en agua para canchas de estándar FIFA mientras se discuten cortes, tandeos, dependencia de pipas y acuíferos sobreexplotados debería, por lo menos, incomodar a cualquiera que diseña política pública. No se trata de oponer el césped a la colonia, tan solo el de preguntarnos con qué criterios y bajo qué planes se decide destinar cierta cantidad de agua a usos de entretenimiento, en contextos donde se ha dicho –con razón– que el agua debe tratarse como un asunto de seguridad nacional.

 

Guadalajara también es un buen caso de estudio ya que en la zona metropolitana, las discusiones en torno a presas, acueductos, conflictos comunitarios y disponibilidad de agua no son nuevas. Insertar en esa ecuación un megaevento que demanda agua en hoteles, restaurantes, estadios y campos de entrenamiento no es trivial. Si no existe un plan transparente de origen de agua,

 

eficiencia en su uso y manejo de aguas residuales asociadas al Mundial, el mensaje implícito es simple y claro, es decir, para ciertos eventos sí hay agua, para otras necesidades ya veremos.

 

VI. Residuos: la fiesta se va, la basura se queda

Otro punto ciego clásico de este tipo de eventos es la gestión de residuos; cada día de partido en ambos estadios implica decenas de miles de personas consumiendo alimentos y bebidas en envases desechables, comprando souvenirs, tirando boletos, empaques, servilletas a lo que habrá que adicionar lo que ocurre fuera de los estadios: bares, restaurantes, comercios ambulantes, alojamientos informales.

 

Si bien se pudiera argumentar que son pocos días y que las ciudades ya manejan residuos todos los días, en realidad la diferencia está en la concentración y la calidad del residuo. Los eventos generan picos muy altos de volúmenes en zonas específicas, con mucha fracción de envases, plásticos y residuos de difícil aprovechamiento. Sin un plan específico de recolección, separación y destino final, lo que se amplifica es el riesgo de saturar sitios de disposición, de aumentar fugas a barrancas, ríos y calles, y de cargar todavía más trabajo, además mal pagado, sobre recicladores informales.

 

En ciudades mexicanas donde todavía hay tiraderos a cielo abierto o rellenos con vida útil limitada, la línea entre un Mundial “ordenado” y un repunte de contaminación local es muy delgada. Un enfoque serio exigiría saber, por adelantado: qué empresas van a manejar los residuos de las sedes y fan zones, qué compromisos concretos de aprovechamiento se tienen, qué fracción va a relleno sanitario, qué medidas se tomarán para evitar que el Mundial se traduzca en un pico de contaminación plástica en las ciudades sede.

 

De nuevo, no se trata de detener el evento; se trata de no hacer como si la basura fuera invisible.

 

VII. Narrativa oficial vs. realidad ambiental

Hasta ahora, la conversación pública en México sobre el Mundial 2026 se ha movido entre el orgullo deportivo y el cálculo económico. Se habla de turistas, de derrama, de empleo temporal, de imagen país. Se habla menos, o casi nada, de agua, de aire, de residuos, de movilidad sostenible.

 

Cuando se menciona lo ambiental, suele ser bajo el formato de “compromisos” abstractos y al puro estilo de la retórica institucional como reforestaciones simbólicas, campañas de concientización, promesas de compensación de carbono.

 

La experiencia internacional reciente muestra que el discurso de “Mundial verde” puede ser tan elástico como la publicidad lo permita; estadios supuestamente “carbón neutral” que terminan operando en redes eléctricas basadas en combustibles fósiles; planes de movilidad “sostenible” que descansan en grandes estacionamientos y autopistas; estrategias de residuos que en papel suenan a economía circular y en la práctica se traducen en separación mínima y rellenos saturados.

 

México corre el riesgo de subirse a esa ola sin hacer el trabajo duro, esto es, en ciudades donde todavía es noticia que se cierren tiraderos a cielo abierto o que se controlen descargas industriales, hablar de “Mundial sustentable” sin mostrar planes concretos y verificables es pedirle a la ciudadanía un acto de fe que el sistema ambiental no merece.

 

VIII. Lo que México podría estar haciendo (y no está haciendo)

La buena noticia es que, a diferencia de 1970 y 1986, hoy sí existen herramientas técnicas, normativas y de política pública para hacer las cosas mejor; la mala o interesante noticia es que no se activan solas.

 

México podría aprovechar el Mundial 2026 para, por ejemplo:

  1. Eficiencia hídrica y energética en recintos

    Aprovechar la exigencia de estándares internacionales para modernizar sistemas de riego, iluminación y operación en estadios y equipamientos asociados: riego inteligente, sensores, captación pluvial donde sea viable, iluminación led de alta eficiencia y reportes públicos de consumos durante el evento. Lo que se instale para el Mundial puede quedar como nuevo estándar para ligas nacionales.

 

  1. Transporte y movilidad

    Usar el evento para fortalecer el transporte público y la movilidad no motorizada en las zonas de influencia de los estadios, con rutas especiales, prioridad al transporte colectivo, cierres temporales al auto particular en días de partido y facilidades para peatones y ciclistas. Es mejor invertir en infraestructura que seguirá sirviendo después del evento que en soluciones provisionales para estacionar más autos.

 

  1. Gestión de residuos con metas claras

    Diseñar e implementar esquemas de separación en origen, recolección selectiva y aprovechamiento que no se queden en la foto: estaciones de separación con personal capacitado en sedes y fan zones, contratos que especifiquen porcentajes mínimos de reciclaje y compostaje, buscando, desde luego, transparencia e información posterior sobre los logros y fracasos y los efectos de estos.

 

  1. Transparencia en agua y energía

    Transparentar el origen del agua que se usará en canchas, hoteles y equipamientos asociados al Mundial en CDMX y Guadalajara, así como los planes de tratamiento y reúso de las aguas residuales generadas. Publicar datos básicos de consumo energético y de agua durante los días de partido, podría ser una señal que se envíe, digamos de seriedad, lo que podría permitir analizar, discutir y concluir, pero con datos.

 

  1. Participación y monitoreo social

    Incorporar a comunidades, universidades y organizaciones locales en la planeación ambiental del evento, no sólo como auditorio sino como parte de la toma de decisiones y del monitoreo ciudadano. Esto incluye comités de seguimiento, observatorios y mecanismos de denuncia accesibles durante el torneo.

 

La verdad, nada de esto es revolucionario, tan solo son algunas medidas que, si se adoptaran con seriedad, permitirían que el Mundial dejara algo más que sedes vistiéndose de verde.

 

IX. Después del silbatazo final

El fútbol tiene la ventaja y la trampa, de que todo parece resolverse en 90 minutos más tiempos extra; en el Mundial hay inauguración, partidos, una final, y una copa que se va.

 

Lo ambiental no tiene esa comodidad, cuatro décadas después de México 86 seguimos administrando decisiones tomadas entonces. En 2050, cuando se hable de México 2026, los goles ya no serán tema; el agua, el aire y los residuos de nuestras ciudades seguirán siendo problema.

 

Para la Ciudad de México y la de Guadalajara, el Mundial puede ser un espejo inclemente, mostrará hasta qué punto somos capaces de organizar un evento de clase mundial con criterios mínimos de responsabilidad ambiental, o si seguimos confiando en que la emoción del momento alcanzará para que nadie pregunte demasiado.

 

Para el país, es una oportunidad de probar si el discurso del derecho humano al agua, de la justicia climática y de la transición ecológica se sostiene cuando se trata de un negocio global de alto perfil, no sólo cuando se habla de pequeñas obras locales.

 

Si en 1970 y 1986 se podía alegar ignorancia, desde luego, no se hablaba de cambio climático, no existían las NOM actuales, no había marcos de evaluación como los de hoy, en 2026 ese argumento ya no está disponible. Hoy sabemos, medimos, modelamos. No se trata de oponerse al Mundial por principio, pero sí de recordar que, cada vez que el balón echa a rodar, también se mueve algo más: recursos públicos, decisiones de infraestructura, prioridades de política.

 

Y que, si no se dice nada, si no se documenta, si no se exige, la huella ambiental del Mundial 2026 será, como las de 1970 y 1986, un legado silencioso que las ciudades cargarán durante décadas.

 


El presente es la opinión personal del autor, cualquier duda o comentario, nos encontramos a la orden.

 



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